Nunca hubiera imaginado que reaccionarias así. Pensé este momento tantas veces, que se me olvidó reflexionar sobre ésta posibilidad, y me perdí en tu niebla. Me he olvidado del guión, mi memoria se fue de paseo, y mis palabras han dimitido. Se me hizo corta tu mirada, la intenté hallar entre mis lágrimas cuando mi corazón insistía en explicarte lo mucho que me duele. Cuánto desearía que tus sentimientos hablaran mi idioma, que tu cabeza pudiera verme por dentro, quizá no te dolería tanto, o quizá más. De todas formas nunca lo sabré.

Pasé la línia de la cobardía y pensé en mi, y decidí ver qué necesitaba. Y eso duele. O al menos ahora, me quema por dentro. Como me ha quemado todo este tiempo que te he tenido al lado sin aliento de amor, sin respiración tranquila siempre inquietante de tu despertar. Se acabó. Y ahora como le digo al que me hace palpitar, que lo deje de hacer por ti, que mis venas dejen de transportar la alegría de tus caricias, y que mi piel pague las multas que debe por haberte dejado sentir. Miedo a ser una desconocida. Miedo que me corroe cada lágrima que expulso, al verte inmóvil, allá en frente de mi, diciendo que ya está, que lo comprendiste. Y es que cómo cojones se lo explico yo ahora a mi corazón.

Que me tiemblan las piernas al pensar no verte. Que me pitan los oídos cada vez que pronuncias esas malditas palabras que yo te creé. Que no me funciona el estómago, dice que no quiere ésa comida, que cierra una temporada, hasta que vuelva a escucharlo. Que se que tienes toda la razón del mundo en dejar que mis besos pasen de largo. Pero es que no entiendes que yo quise quererte. Que yo nunca dejé de hacerlo. Mis cables más profundos están en huelga y dicen que hoy ya no funcionan más, y pum, collapso mental. Vale, pues no pensemos, empecemos a sentir.

Lo has aceptado tan rápido que olvidé lo que dije. Lo has entendido a la primera y se me pasó darte mi último abrazo. Y mis últimos besos. Pero ya no los quieres, ya no te sirven ni en rebajas. Pero soy yo la que debe respetarte, y lo haré aunque me pidas lo contrario. Pero recuerda que sigues sonriéndome adentro, que sigues palpitándome como el primer dia, aunque ahora, lo quieras llamar frío, tú sigues siendo calor para mí, y es un calor que tardará mucho en irse.

Llueve, y yo lluevo contigo. Nunca me había dolido tanto la lluvia.

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