El tiempo se paró. No hay reloj que valga en estas carreteras del olvido. Ya no hay marcha atrás.

Pedí este momento tanto como te pedí que me escucharas, pero él se apresuró más que tus oídos y aquí nos encontramos. Esclavos del cemento que nos cierran a toda desesperación. Pedí éste momento y así lo obtuve. Acéptalo, no te imaginaste que fuera así de duro comunicarse con un corazón desvanecido, falto de atención. Siempre me dije que sabia llevarlo, siempre me dije que mis pies nunca se cansarían de andar por caminos de tierra, llenos de piedras. Pero me empiezan a doler. Los pies. De tantas piedras.

Dia a dia tus ojos van cambiando de color, y mis manos van recuperando el calor que las caracterizaba. Poco a poco mis ojos van abriéndose más, para empezar a acostumbrarse a la nueva luz, que siempre al principio, suele deslumbrar por lo desconocido. Son mis rodillas las que me paran tanto movimiento, y me dicen que todo se hace con traquilidad, calma y paciencia. Mi cabello tiembla por las ganas que tiene de saltar, y mover todo aquella alegría que ahora, necesita. Que todo llega a su tiempo, y ahora está llegando.

(Coge tus libros, que nos cambiamos de mundo.)

Despedí a las dudas la semana pasada, con el argumento de que ya habían hecho su papel, y que ya había escogido ir hacia la izquierda. Ni si quiera se pusieron tristes, supongo que ya tenían prisa por marchar. No puedo decir que he deseado este momento muchas veces, quizá seria mejor decir, que lo he deseado, pero todo al revés. Tampoco quiero decir que sea una situación que me guste, a quién le gustaria compartir lavadora con aquél que fue rey de tus caderas, y que ya no es mas que rey de tus ausencias. A quién le gustaria negar la medicina que tanto te ha curado, por una simple cuestión de propiedad. No me gustan las pertenencias.

[…]

Me prometí seguirte y aquí estoy, sólo me falta el último respiro y ya, ya salgo. No debo olvidarme de coger mis recuerdos, y tus miradas. De meter en la mochila toda aquella sonrirsa que haya conseguido secarme una lágrima. Debo guardar en mi maletín, todos aquellos esfuerzos que hiciste para intentarlo. Porque vi tu amor. Y así me lo llevo. Pero sobre todo no me tengo que olvidar de dejar aquello que tanto me costó de obtener. Te lo dejo en el mueble de la entrada, intacto, sin cicatrices. Me he pasado toda la noche cuidándolo y curándolo de cualquier desperfecto que podría haber llegado a causar. Insconsciente de mi. Te lo dejo con todo el amor posible, con todo el respecto que te mereces, y toda la alegría que me caracteriza. Nunca me gustó poseer. Nunca te vi como una de mis pertencias. Fuiste todo el tiempo una luz libre y brillante. Y como tal, te lo devuelvo.

[…]

Lápiz en mano y dos libretas colgando. A buscar nuevos imposibles.

 

 

 

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