La esperas y no sabes si estará. Confias en tu puño cerrado con rabia que regalar por la distancia que se va creando entre tu y ella. Cada kilómetro aumenta la velocidad de tus neuronas, pero no las del cerebro sino las que habitan en el reino de los latidos. Aumentan su velocidad porque piensas, porque sienten que te alejas.

***

Que me alejo y ya me faltas. Quise acariciar cada centímetro de tu cuerpo ahorrando milésimas para el último beso. Quise olerte para guardarte; para no perder la manía que tengo de pegarme a tu perfume.
Siento frío. Me tiembla una pierna y que quieres que te diga, odio irme, odio dejarla, odio no verla.

Cualquier cosa que cualquier pasajero me  dijera en este momento no podría hacerme ningún efecto por la inundación que sufre mi cuerpo ahora mismo. No se cómo explicártelo, es como que ya no me siento entero.
Te digo Ciao por educación,  le contesto por respeto. Pero la miro a ella.  Sólo existe ella. Lo demás se paró en el momento en el que me miró y sus mares azules denotaban amargura. La amargura de la falta. Me faltas tu y me enfado. Me pongo nervioso y espero.  Te espero hasta la próxima.  Me despido hasta nuestro próximo amanecer… quizá pronto. Quizá era tu último, quiza no me esperas.Quizá querías que me fuera. No lo se. No lo quiero saber.

Yo vendré,  y cogeré el mismo tren que me separó de tu sonrisa. Me sentaré en el mismo asiento en el que compartí mis lágrimas con tu ventana. Y te esperaré, te prometo que lo haré.

Porque no sólo me subí a este tren sin ti, sino que el tren del primer amor me pidió ser su pasajero y creo que tu te has olvidado de comprar el billete. Sinceramente creo que dejaste que se cerrara la puerta, y yo jodido, ya me había puesto el cinturón.

***

Si hubieras podido entenderme te habría consolado. Quizá fui cobarde y no te di el abrazo que necesitabas. Te entiendo, y todos los hacemos. “Suerte con tu primer amor, pequeño”.

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