Los dias pasan y los extraños se hacen costumbre. El bar de la esquina te revela sus mejores secretos de la ciudad y ya conoces al del correo. Los semáforos ya no son más sorpresa y las carreteras son más conocidas que los pasillos de tu intermitente casa. La palabra hogar ya no preocupa tanto y el frío hiela menos. Y no por la temperatura exterior, sino que la calefacción corporal se activa más rápido y es más duradera cuando tu sonrisa me espera cada noche. Sigo sin esperar nada y no me preocupo de lo que me pueda encontrar cuando mañana coja el tren. No pienso si mañana podré pagar el alquiler o si en la nevera quedan vitaminas para continuar. Sinceramente, ya no me preocupo más. Será por que la costumbre de vivir a las riendas del corazón me ha hecho más fuerte para luchar contra cualquier contratiempo que ayer, me dolia tanto.

Pido pocas cosas, por decirte, que suelo pedir siempre la misma. Cinco minutos antes de cerrar las ventanas al día, pido que siga siendo yo. Que la felicidad no corrompa mis ganas por darte una vida mejor, ni que las lágrimas del pasado me aplasten las ganas de hoy, por pedirte cada mañana que te despiertes conmigo.

Ya no sueño como antes, o mejor dicho, ya no sueño con los mismos miedos que hace tiempo. Probablemente me enfrenté a ellos en una de mis noches y le dije que ya estaba bien. Qué suerte que me escucharon y que por un tiempo, pueda seguir soñando en mis mundos menos conocidos, y en mis respuestas que todos quieren.

Tú sigues estando ahí, y aunque yo te pedí, y nunca suelo ser caprichosa, nunca me arrepentiré de haberlo hecho. Por que hay veces, que aunque los días te pesen más que las cuatro piedras del pasado en la espalda, una mano amiga que te haga la cena y te encienda una vela vale más que cualquier rabieta. Que yo no cambio tus flores por luchas internas. Ni cambio tus juegos mentales por cualquier conversación desperdiciada cuando yo, no era coherente.

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Te pediría todas las veces que pudiera, aunque la pena del desgaste de deseos me persiguiera, aunque tubiera que luchar contra mis peores traumas diariamente, aunque a veces siga viendo aquel fondo que tanto toqué. Te elegiría por que tú siempre sabes qué decirme. Te elegiría porque las aventuras compartidas molan más, porque las sonrisas dobles aumentan más las endorfinas, y porque aunque mi carácter destruya todo lo bueno que pueda tener en dos minutos y decida hacerme el jaque mate con un bombardeo de pensamientos que duelen, tus ojos me miran. Y si tus ojos me miran, todo duele menos. Si tus manos me tocan, el carácter se desvanece, y si además consigues decir el vaivén de las palabras mágicas, no hay quien pueda pararme.

Por que contigo, el “todo irá bien” funciona. Es de verdad, y yo, me lo creo. Gracias por aparecer, gracias por querer enfrentarte a mi y mis cosasGracias por no escaparte cuando duelo, por no gritar cuando enfado, por susurrar cuando grito.

Los prejuicios ciegan, los qué dirán machacan, y los dedos que señalan quiebran. Pero en cuanto sabes discernir entre todo lo demás y tú y decides escucharte, las cosas que pueden ocurrir no las han escrito jamás en ningún libro de aventuras ni romances. Ni si quiera Romeo y Julieta lo conocen. Por que yo me arriesgué, y me arriesgaría mil veces porque te gané a ti. Y tú, vales más que cualquier palabra pronunciada de aquellas personas que un día quisieron verme mal.

 

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