Se quiere ir

Se marcha, y no deja de irse cada vez que sale y no ve el sol. No pide sol permanente, pide al menos una constancia de carácter que pueda no pillarla desprevenida, aunque tenga que ser todo lo contrario a lo que pide, ya que ahí reside la enseñanza. Es complicado cuando has decidido no ser lo que ellos esperan, ni si quiera ser el personaje que tú te habías creado para sobrevivir a todo aquello. Por que entonces, si no eres ni eso ni aquello, ¿Qué te queda ser? Ahí estoy, a veces, cuando sale el lado abrupto de lo normalmente conocido, y de repente, cómo si de un piano se tratara, el mundo se te cae encima y no te dio tiempo a reaccionar. Debajo del piano, adaptándose al sabor plano y profundo del fondo que tanto conoces, pero al que no pretendías volver. Pero ahí estamos, y ahora mira a ver quién nueces levanta ese piano de encima tuya y te ayuda a salir de ahí. Seguramente nadie. No porque no quieran, sino porque así está hecho el flujo de la vida. Te toca a ti, y a nadie más. Al fin y al cabo, eres tú quien siempre estará contigo mismo, sino aprendes tú a levantarte, quién lo hará sino cuando no quede nadie.

Y es que sigue pillándome desprevenida, como los grandes guantazos por la izquierda derrapando, así, como quien no quiere la cosa.

Y es que sigue pesándome casi igual que antes, aquella responsabilidad de ser quien era antes, la responsabilidad de no saber mostrar el cambio de papel, el cambio de vida. No se si me pesará toda la vida, o poco a poco irá menguando igual que las ganas de explicar a la gente la manera en que veo las cosas. Por que así, de repente, después del guantazo, vuelve a marcharse. Y por mucho que la sujete, por mucho que le diga que no pasa nada, que ésta vez vamos a aguantar, pues, que quieres que te diga, no lo he conseguido. Que dice que no quiere, que se va, que pasa del tema. Y ahora como voy yo y le digo que ese es el camino, y que si no continuamos saliendo no podremos continuar.

Dile tú, que poco a poco el dolor será menos pesado, más corto, menos intermitente. Dile tú, que a la tercera va la vencida, y si no, a la séptima o la octava. Dile que no se vaya, que si no se pierde el sabor del sufrimiento sanador, aquel que se cambia la piel y se convierte en dolor necesario para poder avanzar, equivocarnos y aprender, doler, sentir y sanar. La rueda de la vida.

No creo que me escuche, no creo que quiera salir. No creo que vuelva a hacerlo hasta otra vez, de aquí un tiempo. Por mucho que la llame, no quiere saber nada, y lo entiendo. No puedo obligarla a venir y estar en primera fila arriesgando la primera bala del fusil de esta mañana. No puedo obligarla a aprender a la fuerza, porque sino, no seria aprender, ni respetaríamos el libre albedrío, aunque que le den al tal albedrío cuando duele tanto.

Parches, tiritas hasta pegatinas. Pociones mágicas y soplidos de amor. Caricias sanadoras, calor humano neutro de tanta falsedad. Conexión directa y vanidad a mínimos. Vas tapando mientras vas sanando. Más que nada para que no se vea, para que no lo veas y te entre más fatiga de seguir. Maldita dualidad que me la creo y me dejo guiar por ella. Maldita la hora en que abandono y tengo que volver a empezar la partida.

¡¡Pero es que no puedo parar tanta agua!!

**

Pues no la pares, déjala fluir.Pues dejémosla ser, y que sea lo que deba ser.

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